Las salinas: paisajes ineludibles para comprender la identidad de Sanlúcar

En el último tramo del río Guadalquivir, cerca de su desembocadura, donde el agua dulce se mezcla con el agua salada propia del océano Atlántico, encontramos un ejemplo ilustrativo de lugar donde se lleva a cabo una explotación sostenible de un recurso natural sin merma del capital biológico. Un lugar que actúa como foco potenciador y refugio de la biodiversidad, constituyendo unos ecosistemas de gran belleza y singularidad. Un lugar en el que confluyen historia, cultura, economía y naturaleza, articuladas en un todo unitario: las salinas de Sanlúcar de Barrameda.

Del mar a la marisma

Yo soy Rafael Alberti […] Nací a la sombra de las barcas de la bahía de Cádiz, cuando las gentes campesinas de toda Andalucía se agitaban, hambrientas. Los primeros blancos que aclararon mis ojos fueron la sal de las salinas, las velas y las alas tendidas de las gaviotas. […] Fui dibujante y pintorcillo de playas, de paisajes salineros, de huertos y vergeles floridos.
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— «Prosas encontradas» (1924-1942), Rafael Alberti

Se podría decir que, ante todo, las salinas constituyen un paisaje de extremos debido a las dificultades que ofrece tanto para la vida en sus aguas hipersalinas como para las personas que de ellas sacan un recurso tan preciado como la sal. Construidas sobre terreno marismeño, desde el punto de vista paisajístico, las salinas pueden considerarse una continuación de las marismas, con la cuales comparten dos características propias de estos lugares:

  1. Su aspecto plano, por la ausencia de relieve, que da al visitante esa sensación de horizonte abierto.
  2. La gran cantidad de luz, en parte debida al reflejo del sol en las láminas de agua y a la blancura de la sal.

Pero desde una perspectiva aérea quizás se tenga mejor conciencia de que la principal diferencia entre los dos paisajes reside en la configuración de los espacios: el conjunto de caños que drenan el barro y se entretejen de forma laberíntica confiere a las marismas una morfología irregular en toda su extensión; por su parte, la conformación de las salinas es generalmente regular, con predominio de la apariencia rectilínea.

Marismas y salinas se alimentan del agua de algunos de los numerosos caños que existen en las bahías y zonas cercanas a las desembocaduras de ríos. En nuestras salinas, el agua del río pasa al caño principal a través de una compuerta que se encuentra en un muro normalmente llamado vuelta de fuera. El primer lugar donde se recoge el agua es en el estero, un receptáculo de gran extensión y rico para la pesca. Desde aquí, el agua pasa por largos y laberínticos canales que permiten que esta se caliente y se evapore, y que así aumente la concentración salina en ella. Gracias a un eficaz sistema de compuertas, el agua va pasando a voluntad por diferentes sectores cada vez más someros que reciben diferentes nombres (lucios, retenidas, etc.) hasta llegar a la tejería, donde tendrá lugar la culminación del proceso de evaporación. La tejería se compone de un conjunto de tajos de formas rectangulares llamados cristalizadores en los que se termina cosechando la sal.

El imperio salado

Debe haber algo extrañamente sagrado en la sal: está en nuestras lágrimas y en el mar.
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— «Arena y espuma» (1926), Yibrán Jalil Yibrán

La actividad salinera en las marismas gaditanas se remonta al Neolítico, si bien el primer desarrollo notable se experimentó durante las épocas fenicia y la romana, en las cuales se pasó no sólo de utilizar la sal para el consumo humano, sino también para la salazón del pescado. Después del período de crisis que sufrió la actividad salinera entre los siglos V y XIII —una vez caído el imperio romano—, la explotación de este preciado recurso remontó y volvió a prosperar. Fue en torno a los siglos XIV y XV, en un contexto económico de producción de salazón y exportación comercial por parte de los duques de Medina Sidonia, cuando tuvieron su origen las salinas sanluqueñas, inicialmente situadas aguas arriba de las actuales, en la orilla izquierda del río, y entre Alventus (Trebujena) y el Puntal.

En pleno siglo XVI, la demanda de sal era tal que los duques de Medina Sidonia se vieron obligados a comprar más a los duques de Medinaceli —en El Puerto de Santa María— para compensar su insuficiente producción, que iba destinada principalmente a las almadrabas de Conil y Tarifa. Los números debían de ser positivos, cuando Felipe II decidió incorporar el preciado oro blanco a la Corona Real. Pero, a pesar de su importancia, no fue hasta finales del siglo XVI cuando se recogen por primera vez, en un mapa general de la desembocadura del Guadalquivir dibujado por Samuel de Champlain, las blancas y características montañas de sal sanluqueñas.

El concomitante aumento de la demanda de sal, así como de la pesca, unido al inicio del comercio americano, obligaron a crear nuevas salinas en los siglos XVI y XVII a cada orilla de la desembocadura y al sur de la punta de los Cepillos, como bien recoge otro mapa de la desembocadura de 1685 realizado por el inglés John Kempthorne. De esta manera nacieron las salinas sanluqueñas de Levante (aquellas situadas en la cara izquierda del río; las salinas de San Carlos y de Santa Teresa). En 1970 se produce una extensión considerable de las salinas entre el puntal de La Algaida y Bonanza: la del Portugués (llamada después de Monte Algaida) y las de Nuestra Señora del Rocío (extensión hacia Bonanza de las salinas de San Carlos y Santa Teresa). En último lugar, al norte y oeste de la salina Santa Teresa se desarrollaron piscifactorías.

Sin embargo, durante los siglos XVII y XVIII, la gran subida de los impuestos y la invasión inglesa durante la Guerra de Sucesión al trono español provocó una nueva caída del imperio salado. No fue hasta el pasado siglo XIX, cuando se produjo un empuje definitivo que duplicó el número de salinas gaditanas de explotación existentes para aquel entonces. No obstante, el siglo XX trajo consigo una decadencia irreversible del sector salinero en la que aún nos encontramos sumidos.

Actualmente, Sanlúcar cuenta con dos salinas operativas, ambas propiedades de la empresa sanluqueña Proa-Sal Salinera de Andalucía desde 1980: una de ellas está ubicada en Bonanza, y es conocida como la salina de Nuestra Señora del Rocío (antigua salina de San Carlos y Santa Teresa); algo más alejada del término municipal de Sanlúcar —en la zona conocida como «las compuertas»— encontraremos la salina de Monte Algaida (antigua salina del Portugués). Ambas poseen un gran valor paisajístico, con una gran biodiversidad, y se sitúan en un enclave privilegiado como lo es el sector sur del Parque Natural de Doñana.

Salina de Nuestra Señora del Rocío (antigua salina de San Carlos y Santa Teresa). | Foto: José Manuel Franco

La nieve salada

…Y ya estarán los esteros
rezumando azul de mar.
¡Dejadme ser, salineros,
granito del salinar!
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¡Qué bien, a la madrugada,
correr en las vagonetas
llenas de nieve salada,
hacia las blancas casetas!
.
¡Dejo de ser marinero,
madre, por ser salinero!
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— «Marinero en tierra» (1924), Rafael Alberti

El proceso de producción de la sal, de siete u ocho meses de duración, empieza en los meses de abril y mayo con un trabajo previo de limpieza y adecuación de las instalaciones. Tras la recolección de la sal de la temporada anterior, quedan en los tajos agua y depósitos que deben sacarse para que la nueva sal que vaya a producirse no se ensucie, y para volver a dejar los caños con la profundidad adecuada. Durante este proceso de limpieza se genera una gran cantidad de fangos que son utilizados en la reparación de las paredes y el muro, sobre todo en el muro de la vuelta de afuera. La revisión de las compuertas también está contemplada en estas labores de mantenimiento.

La cosecha de la sal propiamente dicha comienza entre los meses de julio y agosto, pudiendo durar hasta octubre aproximadamente, y se produce a lo largo de tres etapas bien diferenciadas: los esteros o depósitos de alimentación y decantación, las zonas de concentración, y los cristalizadores.

En primer lugar, gracias a la acción de las mareas, las aguas saladas procedentes del Atlántico suben por los caños y canales a 1º Baumé1 (1º Bé) y, a través de compuertas, alimentan el estero (primer reservorio, de 1,75 metros de profundidad media, que constituye entre el 25% y 45% de la superficie total de las salinas).

En un segundo paso, en la zona de concentración, el agua salada seguirá su recorrido por un circuito que consta de numerosas balsas de calentamiento y alimentadores, ordenados de mayor a menor profundidad. Ejemplos de estas balsas de calentamiento y concentración son el lucio (0,75 m de profundidad) de afuera y de adentro, la retenida (0,60 m) y las vueltas de periquillo (0,40 m). Gracias a estos desniveles del terreno (ninguna supera 1,5 m) y a la ayuda de la energía solar, la temperatura del agua aumentará, y, con ello, también lo hará su concentración salina, por el efecto de la evaporación. Otro de los propósitos de hacer pasar el agua de balsa en balsa, y a lo largo del mayor recorrido posible, es que esta deposite por precipitación todos los elementos que lleve en disolución o en suspensión:

  1. A lo largo del primer caño, de 4 km de recorrido, decantan todos los sólidos que haya en suspensión. El agua recorrerá 350 hectáreas por las marismas con el objetivo de aumentar su concentración salina hasta los 7º Bé, al evaporarse el 46 % del líquido inicial.
  2. A partir de ese momento, el objetivo principal es la eliminación de los compuestos disueltos mediante el proceso de precipitación:
    • Lo primero en precipitar, al alcanzarse los 7º Bé, son las sales de hierro (las más densas).
    • Continuando el recorrido en zigzag por las balsas, entre los 7º y 12º Bé precipita el carbonato cálcico (CaCO3), evaporándose el 18,2 % del agua restante.
    • Entre los 12º y 20º Bé precipita el resto del carbonato cálcico (45%).
    • Entre los 20º y 25º Bé precipitan los sulfatos (yesos) y se evapora el 48 % del agua que quede.

Finalmente, respecto al último paso en la obtención de la sal (que, como hemos dicho, se da en los cristalizadores), hay que mencionar una peculiaridad de la empresa sanluqueña Proa-Sal Salinera en el cosechado de este estimado recurso. Y es que antes de llegar al punto de saturación del cloruro sódico, se deja que este comience a precipitar, creando una película de sal que se adhiere a la arcilla del fondo de los tajos. Así, al evitar que el agua se ensucie con la arcilla, se consigue una transparencia mayor de lo normal en los granos de sal, y cuando el agua entra finalmente en la zona de cristalización llega muy clara, ya a punto de cristalizar, de manera que lo que se pierde en sal se gana en calidad, no repercutiendo en el coste final.

Al alcanzar los 25º Bé se alcanza el punto de saturación del cloruro sódico (NaCl), comenzando el proceso de cristalización, que tiene lugar en la zona de cristalización propiamente dicha. Estas aguas, caracterizadas por su alto grado de salinidad (18º a 24º Bé) y conocidas con el nombre de aguas lejías, circulan por unos corredores llamados cabeceras y pasan por una compuerta a los tajos o cristalizadores. De escasa profundidad (0,10 a 0,15 m) y forma cuadrangular (6,27 x 6,69 m), los tajos son el lugar donde las aguas se tiñen de rosado antes de cuajar a los 26° Bé; el lugar donde se produce la saturación y donde se termina cosechando la sal.

Tajos. | Foto: J. Manuel Vidal-Cordero

En la superficie del agua en estos tajos se forma una capa de cristales finísimos que, una vez alcanzan cierto peso, van precipitando al fondo, ayudados por el movimiento del viento al romper la tensión superficial de las moléculas de agua. El cristal de cloruro sódico va creciendo por capas, uniéndose cada vez más granos, y llegando a formarse estructuras bastantes grandes si las condiciones son estables y se dispone de suficiente tiempo (a más tiempo, mejor será el cristal). Además, en los bordes de muchos cristalizadores se genera una acumulación sal de grano muy fino conocida con el nombre de sambi, que, si bien tiene una baja calidad por ir acompañada de impurezas de tipo orgánico —plumas, algas, etc.—, paradójicamente, en el mercado es comercializada como flor de sal, no habiendo ningún problema en su consumo.

La recogida de sal se hace en verano y principios de otoño, antes de la llegada de las lluvias. El primer paso en la cosecha consiste en desaguar los cristalizadores: el poco agua que queda se vierte al río, quedando sólo la sal. Luego se lleva a cabo la cosecha propiamente dicha, la cual antes se realizaba sin maquinaria, necesitándose un gran número de trabajadores (entre las herramientas utilizadas caben destacar la vara, un rastrillo de madera con el que se peinaba el tajo para formar varachas, y la pala, para poder recoger la sal y poder amontonarla). Hoy, gracias a la maquinaria, se cosechan las cuarenta hectáreas de cristalizadores que tienen las salinas sanluqueñas en unas pocas semanas.

Trabajadores con varas y palas. | Imagen: J. Manuel Vidal-Cordero
Trabajadores con varas y palas. | Imagen: J. Manuel Vidal-Cordero

Para el picado de la sal se utiliza un tractor con rotovador capaz de romper el bloque de sal producido en el cristalizador.

Tractores en las salinas. | Foto: José Manuel Franco
Tractores en las salinas. | Foto: José Manuel Franco

Una vez extraída, la sal se amontona en hileras con retroexcavadoras, la cuales van dotadas de un rayo láser para medir la profundidad máxima a la que deben recoger la sal, evitando así alcanzar el fondo arcilloso. El producto es entonces cargado en camiones, trasladado y amontonado en la gravera, donde se acopia hasta que se necesite. Allí, en la gravera, hay un lavadero donde se realiza un primer lavado con aguas de alta concentración salina —para evitar la disolución de la sal ya obtenida— y eliminar la suciedad de la extracción.

Gravera. | Foto: J. Manuel Vidal-Cordero

Las aplicaciones de nuestro estimado recurso son muy diversas. Según el Instituto Internacional de la Sal, se conocen más de 14.000 aplicaciones de la sal común, principalmente de tipo industrial. Las industrias que intervienen en el aprovechamiento de la sal son la industria química de base (como materia prima de transformación), la industrial en general (como parte del proceso de fabricación) y la industria de productos de alimentación humana y animal.

La sal producida en las salinas sanluqueñas está muy demandada a nivel europeo, en estado bruto, para tratar sobre todo las grandes nevadas que asolan Europa en invierno. Al cosecharse cerca del puerto de Bonanza, es cargada en barcos directamente para su exportación a Dinamarca, Alemania, Bélgica, Irlanda y Noruega principalmente. A Galicia también se envía sal sanluqueña destinada a la industria pesquera, para la conservación del pescado. No obstante, el 80 ó 90% de la sal producida aquí va destinada a la industria alimentaria y a la gran distribución para uso doméstico fundamentalmente en España.

Y, con todo lo anterior, no hay que olvidar el homenaje anual que se realiza a la Virgen de la Caridad, patrona sanluqueña, para la que se realiza una alfombra de trescientos cuarenta metros de longitud y seis metros de anchura hecha con más de 50.000 kilos de sal teñida de vivos colores. Una tradición sanluqueña que tapiza las calles Ancha y San Juan cada 15 de agosto.

Alfombra de sal el 15 de agosto en Sanlúcar. | Foto: J. Manuel Vidal-Cordero

La sal de la vida

Pese a su origen artificial, las salinas constituyen humedales de gran interés ecológico, presentando una elevada biodiversidad y poseyendo una importante función hidrológica y de mantenimiento de la calidad del agua. En estos ecosistemas, uno de los factores más importantes que determinan la coexistencia del conjunto de organismos que en ellos habitan es la salinidad, provocándose un descenso de la riqueza de especies en cuanto se rebasa la salinidad del agua del mar, pero permitiéndose al mismo tiempo el desarrollo de una fauna y flora características y adaptadas a vivir en ambientes hipersalinos: los denominados organismos halófitos.

En función del nivel de concentración de sal podemos establecer diferentes dominios biológicos dentro del agua de las salinas.

El primero de ellos se da donde la salinidad no supera los 60-65 g/l, y es el dominio de las fanerógamas, predominando el alga verde Cladophora y Ruppia (una planta acuática de agua dulce y tolerante a la sal). Por su parte, la fauna existente en este dominio es muy amplia, componiéndose de invertebrados y peces fundamentalmente.

Alberga numerosas especies de macroinvertebrados bentónicos2 pertenecientes a diferentes grupos, destacando los gusanos poliquetos, moluscos (bivalvos y gasterópodos), insectos (coleópteros y dípteros) y crustáceos (cumáceos, isópodos y anfípodos), fundamentalmente. Las especies dominantes se caracterizan por ser poco exigentes en sus requerimientos ambientales, presentando una gran capacidad de adaptación a las fluctuaciones del medio, una reproducción dentro del sistema, ciclos de vida cortos, fases larvarias bentónicas y baja capacidad de colonización, pero con una elevada abundancia en el lugar que colonizan. Algunos ejemplos son el pequeño caracol acuático Hydrobya minoricensis, el anfípodo Microdeutopus grillotalpa, y las larvas de un mosquito de la familia de los quironómidos: Chironomus salinarius. Las limosas orillas son frecuentadas por el territorial cangrejo violinista o como dicen los sanluqueños, cangrejo boca (Uca tangeri), especie con un marcado dimorfismo sexual en el que los machos poseen una de las pinzas mucho más grande y llamativa que la otra, estructura por la cual son muy codiciados en gastronomía por su buen sabor.

Cangrejo boca sanluqueño. | Foto: J. Manuel Vidal-Cordero
Cangrejos boca sanluqueños. | Foto: J. Manuel Vidal-Cordero

Por otro lado, los caños de las salinas son la vía de entrada de la ictiofauna3, la cual está bien representada sobre todo en su etapa juvenil, pues la abundancia de invertebrados atrae y concentra a alevines de peces cuyos adultos viven y se reproducen en el mar. Además, en los caños se dan factores abióticos que ofrecen condiciones favorables para estos. Ejemplo de ello es la turbidez del agua, la cual reduce la presión depredadora y al mismo tiempo propicia el desarrollo de altas concentraciones de microorganismos asociados a aguas someras que sirven de alimento. En esta búsqueda de alimento, los juveniles de las distintas especies presentes pasan de los caños a los esteros, donde se les retiene por más de un año generalmente, hasta alcanzar un tamaño comercial. Entre las especies de peces que utilizan los caños de las salinas como zona de alevinaje encontramos algunas conocidas, abundantes y de interés comercial como la dorada (Sparus aurata), la anguila (Anguilla anguilla), el lenguado (Solea senegalensis), la baila (Dicentrarchus punctatus), o peces de la familia de los mugílidos como el serranillo (Mugil cephalus), el alburejo (Liza aurata), el alburillo (Liza ramada) o la zorreja (Liza saliens), entre otras. La abundancia y diversidad de especies en sus estadios juveniles presente en los caños resalta la importancia que tienen estos espacios húmedos artificiales como área de cría.

Con el aumento de la salinidad del agua (entre 70-150 g/l) van desapareciendo la mayor parte de los macroinvertebrados bentónicos, permaneciendo algunos coleópteros y dípteros en su estado larvario, y apareciendo por primera vez el conocido crustáceo del género Artemia, propio de ambientes hipersalinos. Se trata del dominio de las cianobacterias del género Microcoelus, unas bacterias anteriormente consideradas algas verdeazuladas (cianofíceas) por su capacidad de hacer la fotosíntesis oxigénica que se disponen dando lugar a unos tapices laminados.

A más concentración salina (entre 120-325 g/l) nos adentramos en el dominio de las cianobacterias cocoides, correspondiente con el dominio sedimentario del sulfato cálcico; un lugar donde la fauna bentónica desaparece, predominando el género Artemia. En el extremo del intervalo salino podemos encontrar el alga microscópica verde Dunaliella salina.

Y en último lugar, debido a la influencia del cloruro sódico (salinidad por encima de los 300-325 g/l), encontramos el dominio de la clorofícea Dunaliella salina, un alga verde que produce unos pigmentos rojizos conocidos como carotenos para protegerse de las radiaciones solares. Estas algas son las responsables, junto con unas bacterias halófitas extremas (Halobacterium), del color rosado intenso de las salmueras en los cristalizadores, que facilita la absorción de la energía solar y aumenta la temperatura del agua, favoreciendo la evaporación de esta.

Carotenos. | Foto: José Manuel Franco

Fuera del agua, la vida terrestre también se abre paso en estos salados ambientes. Sin ir más lejos, las plantas halófitas que habitan las balsas de las salinas disponen de diferentes mecanismos de adaptación, por ejemplo mediante la absorción de elevadas cantidades de cloruro sódico, lo que impide la pérdida de agua por osmosis. Las halófitas caducas eliminan el exceso de sal con la caída de la hoja. Otras especies como el taraje (género Tamarix) y las del género Atriplex, Spartina y Armeria excretan el exceso de sal a través de glándulas específicas. Una tercera estrategia es la utilizada por las plantas barrilleras, las especies del género Salicornia y Sarcocornia, que evitan las altas concentraciones de sal aumentando la cantidad de agua almacenada en sus células. En los muros de las balsas —los espacios más elevados— son frecuentes las formaciones de la llamativa Limoniastrum monopetalum, una plumbaginácea de flores violáceas que tiñe de color nuestras salinas en primavera y cuya superficie de las hojas están cubiertas de unos granitos blancos que son depósitos de carbonatos, fruto de la expulsión del exceso de sal mediante glándulas especializadas.

Limoniastrum monopetalum. | Foto: J. Manuel Vidal-Cordero
Limoniastrum monopetalum. | Foto: J. Manuel Vidal-Cordero

Y en último lugar, en la cúspide de la cadena trófica están las aves acuáticas, los habitantes más conspicuos y abundantes de las salinas, que ven en ellas un lugar de descanso, reproducción y alimentación durante sus vuelos migratorios, invernadas o épocas de reproducción.

Aves acuáticas en las salinas. | Foto: J. Manuel Vidal-Cordero

En general, las salinas ofrecen una serie de ventajas a las aves acuáticas frente a las marismas inalteradas. A diferencia de las marismas, los nidos colocados en las salinas no se inundan, y los ciclos del manejo del agua se repiten cada año, con lo que el ecosistema no depende de las fluctuaciones ambientales. Esto repercute positivamente en la supervivencia de las nidadas. Además, en las salinas existen zonas sin vegetación en las que anidan especies como el charrancito (Sternula albifrons), con objeto de detectar más fácilmente a sus depredadores. Sin embargo, también encontramos zonas con vegetación donde prefieren buscar refugio los pollos de diversas especies.

El ambiente de las salinas ofrece balsas con profundidades y salinidades distintas, lo que permite la coexistencia de especies de patas muy largas como el flamenco (Phoenicopterus ruber) y de patas muy cortas como el chorlitejo patinegro (Charadrius alexandrinus), pasando por una gran variedad de tamaños y formas de picos y patas, adaptados a buscar alimento a diferentes profundidades y sustratos. Todo ello permite explotar simultáneamente distintos espacios dentro de una misma salina, disminuyendo la competitividad por los recursos. De esta manera, en un estanque de alta salinidad donde las potenciales presas pueden ser Artemia y Chironomus salinarius, en las zonas menos profundas conviven distintas especies de limícolas4 de patas cortas como los chorlitejos (género Charadrius) y los correlimos (género Calidris), ya que los primeros buscan su alimento ayudándose de la vista explotando la columna de agua, y los segundos son táctiles y consumen invertebrados bentónicos. A profundidades intermedias encontramos avocetas (Recurvirostra avosetta) de picos curvados hacia arriba que criban la columna de agua con unos movimientos muy característicos, mientras que las agujas (género Limosa) hunden el pico en el sedimento en busca de su alimento gracias a órganos táctiles que poseen al final de este. En las aguas más profundas de nuestras salinas sanluqueñas, los flamencos filtran el fondo con la ayuda de las lamelas que poseen en sus picos, mientras que nadando en la superficie es fácil encontrar a la rara y escasa gaviota picofina (Larus genei), que se alimenta explotando la capa más superficial del agua.

Dejando atrás los evaporadores, las especies piscívoras prefieren buscar su alimento en los esteros. Ejemplos de ello son las garzas reales (Ardea cinerea), garcetas (Egretta garzetta), cormoranes (Phalacrocorax carbo) o la rapaz por excelencia en estos ambientes y presente en nuestras salinas: el águila pescadora (Pandion haliaetus). Asimismo, los esteros son el lugar de alimentación de patos característicos de ambientes salinos, como los tarros blancos (Tadorna tadorna), que tienen aquí un lugar donde encontrar macroalgas que crecen en el fondo e invertebrados, fundamentalmente.

La comunidad de aves acuáticas cierra el ciclo de la vida salada con el aporte de nitratos y fosfatos procedentes de sus excrementos, los cuales constituyen un componente inorgánico indispensable para el desarrollo de numerosos organismos que realizan la fotosíntesis y que, como ya hemos visto, son la base principal del sistema trófico en este medio hipersalino.

Miedo al olvido

Pero este refugio de la biodiversidad donde la historia, la cultura, la economía y la naturaleza se unen para ayudarnos a comprender la identidad de Sanlúcar de Barrameda, corre uno de los mayores peligros al que puede enfrentarse: el olvido.

La importancia económica de la actividad salinera tradicional se ha ido reduciendo considerablemente, al menos si la contemplamos desde una perspectiva exclusivamente productiva. De las 250.000 toneladas anuales de sal que se cosechaba en la Bahía de Cádiz allá por los años treinta del siglo XX, hemos pasado a 220.000 toneladas anuales en toda Andalucía. No obstante, las salinas de Sanlúcar de Barrameda son unas de las principales de nuestra comunidad autónoma, junto con otras dos de Cádiz (El Puerto de Santa María y San Fernando), Huelva (marismas del Odiel) y Almería (Cabo de Gata). Si bien existen otras que aún no han sido abandonadas, muchas necesitan alternativas para poder subsistir, como el desarrollo de una tipología mixta combinada con acuicultura.

Las razones de la crisis se encuentran fundamentalmente en la expansión de los nuevos métodos de conservación de alimentos y procesamiento de conservas, el cual redujo considerablemente la demanda de sal, dejando mermada la producción artesanal al ámbito rural y doméstico. Además, a mediados del siglo XX tuvo lugar una gran transformación, desde que el sector químico, electrónico, farmacéutico y agroindustrial comenzó a demandar sal refinada en abundante cantidad y bajo precio. La difusión de los sistemas de refrigeración y la conformación de un mercado libre de ámbito internacional hicieron que las explotaciones minifundistas y familiares apenas tuvieran sitio, y esto, sumado a la consecuente modernización de las salinas —con mayor maquinaria y menor mano de obra—, terminó por enterrar el antiguo y arduo trabajo del salinero. Así, un sinfín de históricas instalaciones han sido abandonadas, y su patrimonio natural y cultural ha caído en un profundo olvido.

Por tanto, la amenaza más preocupante a la que puede enfrentarse el paisaje salinero es su abandono, cosa que conduce irremediablemente a su degradación y colapso. De forma indirecta, en tanto que las salinas sanluqueñas forman parte indisoluble de las marismas de la Algaida, todas las actividades antropogénicas que amenacen con destruir el humedal también amenazan a las salinas, y la preservación de aquellas garantiza también la de estas.

Sin ir más lejos, en los años 1950 se construyó un dique paralelo al cauce del río para impedir la inundación de las marismas de la Algaida, procediéndose a la desecación de gran parte de las mismas para su puesta en cultivo y uso ganadero. Esto, sumado a los rellenos con dragados del río de los años 1980, provocó la desaparición de un 60% de la marisma en apenas cincuenta años. Fue en 1993 cuando comenzó el interés por su reparación desde el Ministerio de Medio Ambiente y el Departamento de Biología Vegetal y Ecología de la Universidad de Sevilla. Tras los primeros estudios, se intentó poner en marcha un proyecto de restauración, pero problemas relacionados con la titularidad de los terrenos provocó el abandono del mismo. Tras la sentencia, que reconoce la titularidad pública de la banda externa de la marisma, el Ministerio encargó por fin en 1998 a la Universidad la realización de aquel proyecto, cuyo éxito fue demostrado por la rápida colonización animal y vegetal de la marisma restituida.

Además de la sal, las salinas presentan otras características como una elevada biodiversidad, y atributos como su belleza paisajística o su importancia antropológica. Y, además de una importante repercusión social, tiene efectos económicos no necesariamente relacionados con la obtención y venta del preciado oro blanco: en el sector turístico, por ejemplo, la singularidad del entorno, la calidad ambiental y la presencia de un patrimonio histórico-cultural en buen estado pueden convertirse en ventajas comparativas importantes a la hora de competir con otras zonas. Sin embargo, para que nuestras salinas se mantengan vivas debe seguir funcionalmente activas, y esa funcionalidad se refiere tanto a los aspectos naturales como a los económicos y sociales. La extracción de la sal es la única forma de preservar nuestros paisajes salineros, aunque sea de forma testimonial. De lo contrario estaremos ante un museo, pero no ante un auténtico paisaje.

Puesta de sol desde las salinas sanluqueñas. | Foto: José Manuel Franco

Bibliografía

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  • Pérez Hurtado de Mendoza, A. (2004). Salinas de Andalucía. Editorial Junta de Andalucía. ISBN: 84-96329-23-2.
  • Rubiales Torrejón, J. (2011). El Río Guadalquivir, del mar a la marisma. Editorial Junta de Andalucía. ISBN: 9788475952567.
  • Las salinas de Sanlúcar [vídeo].
  • Las salinas, patrimonio andaluz [vídeo].
  • Proa-Sal [web].

Notas

  1. Unidad en la que se mide la relación entre la densidad del agua y la concentración en sales mediante un instrumento llamado aerómetro.
  2. Aquellos invertebrados que superan en tamaño las 500 micras y que viven en los sedimentos de los estanques y caños.
  3. Conjunto de los peces de una zona acuática acotada.
  4. Aves acuáticas que viven en las costas, riberas y marismas fundamentalmente y que se alimentan de invertebrados que encuentra entre el lodo o cieno.